Jorehin
¿Por qué estaba tocando?
Mi. Faâ®. Faâ®. Mi.
Reâ®. Mi. Faâ®. Faâ®.
Mi. Reâ®. Reâ®. Mi.
Jorehin no recordaba en qué momento se habÃa decidido a salir al escenario, pero ahà estaba.
Tras unas palabras que tenÃa ensayadas de antemano y que no estaba seguro de cómo habÃan salido de su boca, y en cuanto su trasero se habÃa posado sobre el mullido cojÃn puesto en la banqueta, que el prÃncipe se habÃa volcado del todo en la tarea que tenÃa entre manos.
En las puntas de sus dedos.
Y en sus oÃdos.
Esos malditos Re y Fa. Sonaban distintos, resonaban distintos. Se tocaban distintos al resto. Incluso el Mi, en cierta medida, le sonaba distinto.
Era como si todo aquel maldito armatoste, sonase en varias escalas diferentes. Y aquello era imposible. Tan solo existÃa la escala musical de Sens.
¿Cómo podÃan haberle encasquetado tal mierda? ¿Y con qué se habÃa pinchado en el dorso de la mano?
Jorehin apenas miraba la partitura. Prestaba atención al público.
Nadie parecÃa haberse percatado de la disonancia que emitÃan aquellas malditas notas. Madre lloraba, cómo cada año, y padre lo miraba con interés. Seguramente lo miraba mientras contaba mentalmente el dinero que iba a recaudar más tarde, pensaba Saru entre nota y nota, levantando el pie cuando tocaba.
Ese año hasta habÃan traÃdo al caballero de alguna señora de las afueras, una mujer con la cara tan maquillada y un tocado tan poco usado que destacaba tanto como ese insidioso Re que tan nervioso ponÃa a Jorehin.
¿Y Guth? Jorehin recordaba haber hablado con él, e incluso aquella sonrisa tan socarrona e impertinente que le habÃa dedicado, pero no recordaba haberse despedido.
Solo recordaba haberse relajado de un momento a otro, dispuesto a realizar su función de cada año y deslumbrarlos. Deslumbrarlos a todos.
Jorehin se preguntó por qué ese caballero lo miraba con aquella mirada tan penetrante, y porque la señora con la máscara de zorro y un bastón a la cintura se levantaba de su asiento y miraba a su alrededor.
Mi. Faâ®. Reâ®. Do.
Las figuras que descansaban dentro del piano, tras aquellas dos ventanitas abiertas en la madera, comenzaron a dar vueltas alrededor de las otras, sonriéndose entre sà al tiempo que giraban.
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Y una gran sombra, como si alguien hubiese puesto una gigantesca mano bajo un sol radiante que no cabÃa allà dentro, se alzó sobre el escenario.
Sobre Jorehin Den Gar.
Narrador poco entrometido
Zundine fue la primera en sentirlo. Seguida de Gorath.
Un cambio. Un ligero cambio en el resonar del mundo. Una resonancia horrible entre dos escalas diferentes.
Columnas y lámparas se mecieron, asà como las tablas de madera que conformaban el suelo del escenario situado ante las filas de asientos.
Y entonces llegó.
El desgarro.
Zundine
Zundine habÃa visto aquello antes, y en ese momento, una vida atrás, su cerebro habÃa realizado la infantil comparación con el modo en que el jugo de un coco fracturado, se vierte por la grieta de dicho coco.
Pero aquello estaba a otro nivel.
Primero fue la oscuridad. Oscura, avariciosa y bélica oscuridad alzándose en el aire, sobre el desconcertado prÃncipe que habÃa quedado en posición de tocar la siguiente nota.
Mi-iiiiâ¦
Y la oscuridad se abrió. Como un coco golpeado con fuerza contra la pared.
Como una boca abierta en un gran coco de piel negra. Una boca hambrienta.
Y apareció Silencio. Con su traje gris oscuro y su camisa blanca, con un bolsillo a cada lado y sendos pañuelos blancos.
Uno de los cuatro que le habÃan hecho la vida imposible a Zundine, cuando trataba de escapar de MâUn. Uno de aquellos que habÃan matado a Senha y habÃan abocado a su hermano a ese estado de existencia a medias.
âTenÃas razón, hermana. Ha venidoâsusurró la lanza desde su funda.
Lo que ese malnacido no sabÃa, era que ella, Zundine Zun, sabÃa demasiado.
Y pensaba robarle aquello que querÃa. Aunque tuviese que matar a alguien inocente para ello, como a ese prÃncipe al que su propio pueblo acusaba de malcriado.
Sus manos ya estaban manchadas. Por su culpa.
Por culpa de esa figura que se habÃa llevado ambas manos a los bolsillos.
Por culpa de ese malcarado de Silencio.
Firans
Tras un extraño sonido que habÃa vibrado de una manera imposible en sus oÃdos, puede que incluso en su propia alma, el silencio reinaba impasible en la Sala de Audiencias.
Firans se encontraba con el escudo de Saru delante, rodeada de sillas siendo arrastradas hacia atrás. ¿Cuándo se habÃa levantado Saru? ¿Y desde cuando era tan alto?
Firans, con el corazón acelerado, miraba por la grieta abierta en el lado superior del escudo. Aquella oscuridad ingrávida vibraba en el aire, como la boca de una babosa en un dÃa de lluvia. Algunas veces giraba sobre su eje y Firans podÃa atisbar algo detrás, aunque no pudo comprender lo que veÃa.
Una figura masculina habÃa salido de esa cosa. Portaba la máscara de un búho real, pero algo en su porte, en la manera que tenÃa de mirarlos a todos desde arriba, le hizo saber a Firans que se trataba de un depredador.
Un hombre salió de detrás del escenario y se dirigió hacia el prÃncipe, quien habÃa quedado congelado en la pose de un ave al alzar el vuelo, con ambas alas extendidas y el pico hacia delante. Firans pudo ver el sello que el hombre menudo llevaba atado a su brazo.
El mismo que ese otro habÃa usado contra ella.
Firans no tenÃa ni idea de lo que querÃan esos dos, pero habiendo visto aquel sello, sabÃa de lo que eran capaces. Y no iba a quedarse quieta.
â Buenas noches, habitantes de esta tierra en desarmonÃaâululó el búho, alzando sus brazos al tiempo que se dirigÃa hacia todo el públicoâ No os alarméis. Tan solo hemos venido a por vuestro querido prÃncipe.
Los susurros del público habÃan pasado a preguntas nerviosas.
âY a por algo muy viejo.
El búho permaneció impasible, mirando hacia el prÃncipe, como si estuviese calibrando sus aptitudes.
â Esa manera de vestir. Parece importanteâle susurró Saru, con el escudo plantado ante ellaâ. Esto tiene mala pinta. No sé si voy a poder sacarnos de aquÃ, FiransâSaru nunca la llamaba por su nombre. Definitivamente, aquella misión estaba resultando ser más complicada de lo que parecÃaâ. Siento⦠algo raro cuando miro a ese tÃo.
No era el único.
â Saru. Las cloacas que mencionaste antes. ¿El castillo tiene un sistema de agua?
El escudo se estremeció ante Firans, y esta se lo tomó como una afirmación.
Tal y como habÃa sucedido una luna llena atrás, Firans fue una con el agua. En sintonÃa con el agua.
Con aquella fuerza que habÃa estado a bien poco de terminar con la vida de Karya, la señora que la habÃa cuidado con extremo gusto. Con la vida del señor que los habÃa llevado hasta allÃ. Con la vida de todas las personas que allà se encontraban.
â Por las encumbradâ¦âla voz de Saru desapareció bajo el fragor del agua resquebrajando el suelo cercano al escenario.
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