Chapter 5 of 20

Caballero, tejedora y ratón

Cuatro versos - ESPAÑOL1,583 words~8 min read

Firans

Firans, con todos los esfuerzos habidos y por haber, logró mover un solo pie.

¿Abuelo, dónde estás? ¿Estás vivo?

Seguía de pie, de cara a lo que quedaba de su aldea, inmovilizada por lo que fuese que aquel hombre le había hecho con ese sello anudado a su codo. Trató de conectarse con el agua que había bajo tierra, pero de nuevo, le fue imposible.

Iba a morir. Sino a manos de ese hombre, a causa de la implosión de la propia montaña. Y después morirían los de las aldeas cercanas. Luego los pueblos más allá de la Foresta de las Brujas. Y finalmente Amún. Toda la capital del reino, inundada.

— Insensato… No, no, disculpa— añadió al ver que el hombre, quien la miraba con la cabeza levemente inclinada, como si sintiese curiosidad ante las que podían ser, sus últimas palabras sino se andaba con mucho cuidado, alzaba la mano en la que sostenía el puñal— Por favor, escúchame. No sé nada del Orador del que hablas, pero debes escucharme. Si yo muero, morimos todos. Tú, yo, los de abajo, los de más abajo, y los que haya más allá. Primero Amún. Y cuando suba el nivel de los mares, el resto del mundo. Dime, ¿tienes familia? —puede que se estuviese pasando de rosca, pero tan solo podía hablar— Porque morirán también— ¿Había el hombre, hecho un gesto de disgusto? —. Ya sea ahogados o comidos por tiburones, morirán todos. Hasta puede que lo hagan las ballenas, si el nivel del mar sube lo suficiente.

—Ven aquí— el extraño que había arrasado con su aldea pasó un dedo sobre el sello que portaba en el brazo y por alguna razón que Firans no comprendió, pudo volver a moverse— Si intentas algo, te prometo que puedo atravesarte el corazón al tiempo que me matas.

Firans se tomó su tiempo para mover las extremidades, algo adormecidas tras haber estado inmovilizada. El puñal siguió sus pasos cuando avanzó el trecho que la separaba de aquel hombre que olía tan mal como podía olerlo un ser humano.

Hedía a muerte.

— Los escondites, ¿dónde están? Vi desaparecer a algunos de los tuyos. Si me dices dónde están las entradas, podemos ir rápido a que hagas tu trabajo, y dejaré escapar a los más jóvenes. Dime, ¿tienes familia? —acercó su cara tanto a la de Firans, que, por unos momentos, creyó que iba a caer en la inmensidad de aquellos ojos tan negros como un cielo sin estrellas. Fue como mirar hacia la nada. Salvo porque la nada, parecía devolverle la mirada. —Nunca amenaces a un ave nocturna que te tenga en su pico, pequeña.

— ¿Ave nocturna?

Firans no reconoció aquella otra voz que repitió las palabras de su agresor, y no estaba segura de si debía dejarse llevar por la sensación de alivio, o mantenerla a raya, pues bien podía ser un compinche de aquel hombre.

Sabía que no había venido solo.

— La última vez que nos vimos, violador, no eras más que una cucaracha huyendo de la fregona de un ama de casa. Aunque claro, contra una mujer pequeña te ha de resultar más fácil no salir correteando, como la asquerosa sabandija que eres. Tus compañeros han muerto entre gritos. No sois tan valientes cuando vuestra presa puede pelear a vuestro mismo nivel. No te ofendas, chica.

Firans estuvo a nada de llevarse una mano al pecho, incrédula.

El atacante de Goio giró en redondo, dándole la espalda a Firans, quien reculó un par de pasos al tiempo que buscaba el origen de la voz masculina.

— Dime, emisario de la Secta de Vaahj, ¿cómo prefieres morir? —Un chico salió de detrás de una roca.

¿Vaahj? ¿Cómo la Religión de Vaahj? ¿Quién demonios eran esos dos? ¿Es que todo el mundo había decidido reunirse en la cima de su hogar en llamas, para soltar una retahíla de nombres que pertenecían a viejas leyendas?

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De altura considerable, pelo castaño y pobladas cejas, sostenía una espada y un escudo. Parecía el caballero de alguna corte de cuento, aunque su aspecto era rematadamente cansado, su armadura estaba llena de suciedad y el escudo— en un vistazo rápido, de buen material—, se hallaba agrietado, como si una maza hubiese impactado en este.

— Prometo dejártela en su sitio si me entregas a la chica sin tonterías.

Firans estaba anonadada.

— Un caballero— el hombre del sello seguía dándole la espalda a Firans, encarado del todo al chico del escudo fracturado—. Esto no es un cuento de hadas, muchacho. Por tu altura y armadura, sé que no perteneces a esta vieja tribu de paletos. Márchate y déjame terminar mi trabajo.

Habiendo pasado la fase inicial de shock, la de terror absoluto al verse superada por los acontecimientos, seguida por la fase de aceptación, y comenzar a abandonarla ahora la adrenalina segregada en unos momentos de crucial supervivencia… la situación comenzaba a hacérsele irreal.

Ahí estaba ella ahora, siendo la moneda de cambio de dos hombres que, por diferentes motivos, querían hacerse con ella. Como en las historias de Jina. ¿Iban a batirse en duelo por ella?

Se recriminó al momento por aquel pensamiento tan banal, habida cuenta de lo sucedido con los suyos.

Aquello era absurdo. Toda la situación lo era. Toda aquella maldita noche había sido una absoluta locura. El sueño de un loco.

Sin embargo, sabía que no había nada de lo que despertar. No había sueño alguno. Tan solo la lacerante pesadilla llamada realidad. Y como si el mundo quisiera darle la razón, un gran temblor hizo temblar la montaña de nuevo, provocando un par de grietas y que algunos de los árboles, calcinados ya, se viniesen abajo en una nube de carbón y cenizas.

Debía mantenerse alerta. No había mucho tiempo. Se conocía el camino de memoria y sabía de atajos. Solo necesitaba llegar hasta el Santuario.

El sello en el brazo del hombre que se hallaba ahora encarado hacía su salvador malhablado. ¿Recuperaría ella el acceso a sus dotes si se lo quitaba de encima?

No bien Firans se había planteado aquel pensamiento de ejecución imposible, que el hombre del sello, en un rápido movimiento que quedó desdibujado ante los ojos de Firans, quien se encontraba a medio de dar un paso para arrancarle, con unas manos muy temblorosas, aquello que la impedía dar vida al agua, se dio la vuelta al tiempo que pasaba dos dedos sobre el sello que tanto ansiaba Firans.

Fue como dejar de ver; de percibir el mundo que se lamentaba por su situación.

— Descansa, valiente guerrera. Luchaste bien. Ahora lucharán los mayores.

Una negrura del mismo color azabache hambriento que se extendía tras los ojos de ese asesino vil, se hizo poco a poco con la visión de Firans, así como con las fuerzas necesarias para mantenerse en pie. Se le doblaron las rodillas y de un momento a otro, con una mano todavía extendida en dirección al codo de ese hombre, cayó al suelo.

Seguía despierta, pero no podía ver, y lo único que la mantenía en sí era el dolor de cabeza y espalda, junto con los chapoteos de miles de gotas de agua, cada una el redoble de un tambor contra el suelo mojado. Cada gota el eco de un poder perdido.

Cada temblor en el interior de las montañas un segundo más cerca del fin de todo cuanto conocía el mundo actual.

Firans quería hacer algo. Quería moverse. Levantarse, llegar hasta la Fosa Primordial y hacer el trabajo que sabía debía hacerse.

Quería ayudar.

Quería gritar. Arañar el mismo rostro del Destino si hacía falta, a esa caprichosa fuerza del azar que la había lanzado a las páginas de lo que bien podía ser el tercer acto de la historia escrita por un loco armado con pluma y papel.

¿Y qué era aquel otro sonido que llegaba hasta su oído derecho, tirada de lado y con este pegado al suelo como estaba?

El correr del agua bajo tierra. Pero no el sonido del agua corriendo plácidamente en riachuelos subterráneos que convivían en controlada hermandad. Las cámaras de los primeros niveles debían estar llenas de agua a esas alturas.

— El chico de Nueva Amún… Me privaste de un placer increíble aquella noche— Las voces llegaron distorsionadas hasta el oído de Firans que apuntaba hacia el cielo, palabras amortiguadas y lejanas debido al agua que se le estaba colando dentro—. Pensaba que te habías hundido junto con el barco que incendiaste. ¿Para qué seguirme? ¿Querías a la chica para ti? Mis informadores me han dicho que prefieres algo que pueda mear de pie.

Firans no podía moverse, tan solo escuchar, escuchar ese otro sonido que luchaba por hacerse oír sobre el agua, los temblores y el crepitar de las llamas. Un silbido. Un Re mantenido. ¿Había alguien activado la salvaguarda? Quedaba alguien, alguien además de ella misma.

Pero ella no podía hacer nada.

La palabra frustración no se acercaba ni por asomo a lo que Firans estaba sintiendo en aquellos momentos. Allí, en la cima de las Montañas de Goio, la cumbre más alta del mundo conocido, y a muy pocos pasos de lo que podía ser una catástrofe capaz de hacerle sombra a las plasmadas en los libros de historia, Firans sintió rabia por primera vez en su vida.

Una rabia absoluta.

No hago hincapié en esto porque Firans vaya a sufrir una explosión de poder en pocos párrafos. Lo juro.

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