Firans
Firans, con todos los esfuerzos habidos y por haber, logró mover un solo pie.
¿Abuelo, dónde estás? ¿Estás vivo?
SeguÃa de pie, de cara a lo que quedaba de su aldea, inmovilizada por lo que fuese que aquel hombre le habÃa hecho con ese sello anudado a su codo. Trató de conectarse con el agua que habÃa bajo tierra, pero de nuevo, le fue imposible.
Iba a morir. Sino a manos de ese hombre, a causa de la implosión de la propia montaña. Y después morirÃan los de las aldeas cercanas. Luego los pueblos más allá de la Foresta de las Brujas. Y finalmente Amún. Toda la capital del reino, inundada.
â Insensato⦠No, no, disculpaâ añadió al ver que el hombre, quien la miraba con la cabeza levemente inclinada, como si sintiese curiosidad ante las que podÃan ser, sus últimas palabras sino se andaba con mucho cuidado, alzaba la mano en la que sostenÃa el puñalâ Por favor, escúchame. No sé nada del Orador del que hablas, pero debes escucharme. Si yo muero, morimos todos. Tú, yo, los de abajo, los de más abajo, y los que haya más allá. Primero Amún. Y cuando suba el nivel de los mares, el resto del mundo. Dime, ¿tienes familia? âpuede que se estuviese pasando de rosca, pero tan solo podÃa hablarâ Porque morirán tambiénâ ¿HabÃa el hombre, hecho un gesto de disgusto? â. Ya sea ahogados o comidos por tiburones, morirán todos. Hasta puede que lo hagan las ballenas, si el nivel del mar sube lo suficiente.
âVen aquÃâ el extraño que habÃa arrasado con su aldea pasó un dedo sobre el sello que portaba en el brazo y por alguna razón que Firans no comprendió, pudo volver a moverseâ Si intentas algo, te prometo que puedo atravesarte el corazón al tiempo que me matas.
Firans se tomó su tiempo para mover las extremidades, algo adormecidas tras haber estado inmovilizada. El puñal siguió sus pasos cuando avanzó el trecho que la separaba de aquel hombre que olÃa tan mal como podÃa olerlo un ser humano.
HedÃa a muerte.
â Los escondites, ¿dónde están? Vi desaparecer a algunos de los tuyos. Si me dices dónde están las entradas, podemos ir rápido a que hagas tu trabajo, y dejaré escapar a los más jóvenes. Dime, ¿tienes familia? âacercó su cara tanto a la de Firans, que, por unos momentos, creyó que iba a caer en la inmensidad de aquellos ojos tan negros como un cielo sin estrellas. Fue como mirar hacia la nada. Salvo porque la nada, parecÃa devolverle la mirada. âNunca amenaces a un ave nocturna que te tenga en su pico, pequeña.
â ¿Ave nocturna?
Firans no reconoció aquella otra voz que repitió las palabras de su agresor, y no estaba segura de si debÃa dejarse llevar por la sensación de alivio, o mantenerla a raya, pues bien podÃa ser un compinche de aquel hombre.
SabÃa que no habÃa venido solo.
â La última vez que nos vimos, violador, no eras más que una cucaracha huyendo de la fregona de un ama de casa. Aunque claro, contra una mujer pequeña te ha de resultar más fácil no salir correteando, como la asquerosa sabandija que eres. Tus compañeros han muerto entre gritos. No sois tan valientes cuando vuestra presa puede pelear a vuestro mismo nivel. No te ofendas, chica.
Firans estuvo a nada de llevarse una mano al pecho, incrédula.
El atacante de Goio giró en redondo, dándole la espalda a Firans, quien reculó un par de pasos al tiempo que buscaba el origen de la voz masculina.
â Dime, emisario de la Secta de Vaahj, ¿cómo prefieres morir? âUn chico salió de detrás de una roca.
¿Vaahj? ¿Cómo la Religión de Vaahj? ¿Quién demonios eran esos dos? ¿Es que todo el mundo habÃa decidido reunirse en la cima de su hogar en llamas, para soltar una retahÃla de nombres que pertenecÃan a viejas leyendas?
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De altura considerable, pelo castaño y pobladas cejas, sostenÃa una espada y un escudo. ParecÃa el caballero de alguna corte de cuento, aunque su aspecto era rematadamente cansado, su armadura estaba llena de suciedad y el escudoâ en un vistazo rápido, de buen materialâ, se hallaba agrietado, como si una maza hubiese impactado en este.
â Prometo dejártela en su sitio si me entregas a la chica sin tonterÃas.
Firans estaba anonadada.
â Un caballeroâ el hombre del sello seguÃa dándole la espalda a Firans, encarado del todo al chico del escudo fracturadoâ. Esto no es un cuento de hadas, muchacho. Por tu altura y armadura, sé que no perteneces a esta vieja tribu de paletos. Márchate y déjame terminar mi trabajo.
Habiendo pasado la fase inicial de shock, la de terror absoluto al verse superada por los acontecimientos, seguida por la fase de aceptación, y comenzar a abandonarla ahora la adrenalina segregada en unos momentos de crucial supervivencia⦠la situación comenzaba a hacérsele irreal.
Ahà estaba ella ahora, siendo la moneda de cambio de dos hombres que, por diferentes motivos, querÃan hacerse con ella. Como en las historias de Jina. ¿Iban a batirse en duelo por ella?
Se recriminó al momento por aquel pensamiento tan banal, habida cuenta de lo sucedido con los suyos.
Aquello era absurdo. Toda la situación lo era. Toda aquella maldita noche habÃa sido una absoluta locura. El sueño de un loco.
Sin embargo, sabÃa que no habÃa nada de lo que despertar. No habÃa sueño alguno. Tan solo la lacerante pesadilla llamada realidad. Y como si el mundo quisiera darle la razón, un gran temblor hizo temblar la montaña de nuevo, provocando un par de grietas y que algunos de los árboles, calcinados ya, se viniesen abajo en una nube de carbón y cenizas.
DebÃa mantenerse alerta. No habÃa mucho tiempo. Se conocÃa el camino de memoria y sabÃa de atajos. Solo necesitaba llegar hasta el Santuario.
El sello en el brazo del hombre que se hallaba ahora encarado hacÃa su salvador malhablado. ¿RecuperarÃa ella el acceso a sus dotes si se lo quitaba de encima?
No bien Firans se habÃa planteado aquel pensamiento de ejecución imposible, que el hombre del sello, en un rápido movimiento que quedó desdibujado ante los ojos de Firans, quien se encontraba a medio de dar un paso para arrancarle, con unas manos muy temblorosas, aquello que la impedÃa dar vida al agua, se dio la vuelta al tiempo que pasaba dos dedos sobre el sello que tanto ansiaba Firans.
Fue como dejar de ver; de percibir el mundo que se lamentaba por su situación.
â Descansa, valiente guerrera. Luchaste bien. Ahora lucharán los mayores.
Una negrura del mismo color azabache hambriento que se extendÃa tras los ojos de ese asesino vil, se hizo poco a poco con la visión de Firans, asà como con las fuerzas necesarias para mantenerse en pie. Se le doblaron las rodillas y de un momento a otro, con una mano todavÃa extendida en dirección al codo de ese hombre, cayó al suelo.
SeguÃa despierta, pero no podÃa ver, y lo único que la mantenÃa en sà era el dolor de cabeza y espalda, junto con los chapoteos de miles de gotas de agua, cada una el redoble de un tambor contra el suelo mojado. Cada gota el eco de un poder perdido.
Cada temblor en el interior de las montañas un segundo más cerca del fin de todo cuanto conocÃa el mundo actual.
Firans querÃa hacer algo. QuerÃa moverse. Levantarse, llegar hasta la Fosa Primordial y hacer el trabajo que sabÃa debÃa hacerse.
QuerÃa ayudar.
QuerÃa gritar. Arañar el mismo rostro del Destino si hacÃa falta, a esa caprichosa fuerza del azar que la habÃa lanzado a las páginas de lo que bien podÃa ser el tercer acto de la historia escrita por un loco armado con pluma y papel.
¿Y qué era aquel otro sonido que llegaba hasta su oÃdo derecho, tirada de lado y con este pegado al suelo como estaba?
El correr del agua bajo tierra. Pero no el sonido del agua corriendo plácidamente en riachuelos subterráneos que convivÃan en controlada hermandad. Las cámaras de los primeros niveles debÃan estar llenas de agua a esas alturas.
â El chico de Nueva Amún⦠Me privaste de un placer increÃble aquella nocheâ Las voces llegaron distorsionadas hasta el oÃdo de Firans que apuntaba hacia el cielo, palabras amortiguadas y lejanas debido al agua que se le estaba colando dentroâ. Pensaba que te habÃas hundido junto con el barco que incendiaste. ¿Para qué seguirme? ¿QuerÃas a la chica para ti? Mis informadores me han dicho que prefieres algo que pueda mear de pie.
Firans no podÃa moverse, tan solo escuchar, escuchar ese otro sonido que luchaba por hacerse oÃr sobre el agua, los temblores y el crepitar de las llamas. Un silbido. Un Re mantenido. ¿HabÃa alguien activado la salvaguarda? Quedaba alguien, alguien además de ella misma.
Pero ella no podÃa hacer nada.
La palabra frustración no se acercaba ni por asomo a lo que Firans estaba sintiendo en aquellos momentos. AllÃ, en la cima de las Montañas de Goio, la cumbre más alta del mundo conocido, y a muy pocos pasos de lo que podÃa ser una catástrofe capaz de hacerle sombra a las plasmadas en los libros de historia, Firans sintió rabia por primera vez en su vida.
Una rabia absoluta.
No hago hincapié en esto porque Firans vaya a sufrir una explosión de poder en pocos párrafos. Lo juro.
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