Chapter 9 of 20

El descenso

Cuatro versos - ESPAÑOL464 words~3 min read

Saru

El sonido había sido ensordecedor.

Saru recordaba haber tenido que frenar en seco, justo a tiempo de evitar una corriente de agua y tres rocas que destrozaran unos pinares y parte del camino que estaba siguiendo. Árboles destrozados de abajo de arriba. Raíces, tronco y hermosa copa. Algunos troncos hasta se veían arrastrados. Hacia arriba.

Y no bajaban.

Saru había visto mucho esa noche, pero la situación seguía pareciéndole un disparate.

Primero había sido el agua, a lo cual ya se había medio acostumbrado durante su breve enfrentamiento contra Gris. Después habían sido las pequeñas masas de piedra rodando cuesta arriba, formadas en su mayoría por rocas y musgo. Y tras eso, un anciano muy gritón y malhablado le había tirado a Firans a la cara desde un saliente, o así la llamó este entre gritos.

La muchacha estaba inconsciente, y el abuelo le había dicho que la sacase de allí, y el caballero, sin pestañear, había aceptado.

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Y así bajaron los dos de las Montañas de Goio, sin mucho más contratiempo que los flujos de agua que sin aviso, emergían del suelo y culebreaban hacia algún lugar que quedaba más arriba. Y de la propia tierra, cuando decidía sumarse al viaje.

Correr, saltar, agacharse. Frenar.

No recordaba mucho de su descenso, pues la mente de Saru se había volcado únicamente a la necesidad de salir con vida. Los dos lograron salir sin más rasguños que los que quedaron en sus propias almas.

Saru, consciente de que su función de caballero había terminado, dejó a la chica en la primera aldea que encontró. Él no sabría cuidarla como hacía falta. No se veía capaz. Seguro que ellos le darían los cuidados que necesitaba. Y se pondría bien. Saru dejó su escudo, roto, junto a la cama sobre la que Firans dormía.

Total, ya no le servía.

La aldea había sido tan solo rozada por el desastre, con un par de casas destruidas y un gran surco en su lugar, que se internaba más de dos palmos en el suelo.

El pequeño poblado se dedicaba a traer a heridos de zonas afectadas cercanas. Llegaban en grupos, aunque unos cuantos llegaron solos, sin más que la ropa y llenos de barro.

La mujer que aceptó hacerse cargo de Firans, tras discutirse con otras tres que portaban agua en grandes jofainas para llevársela a los heridos, y que, de no ser así, habían tenido pinta de llegar a las manos, lo había hecho únicamente con la condición de que Saru les ayudase en lo posible para volver a la normalidad.

Y así lo hizo.

Bajo el agua que flotaba en el cielo, bajo la corona que rodeaba las Montañas de Goio.

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