Saru
El sonido habÃa sido ensordecedor.
Saru recordaba haber tenido que frenar en seco, justo a tiempo de evitar una corriente de agua y tres rocas que destrozaran unos pinares y parte del camino que estaba siguiendo. Ãrboles destrozados de abajo de arriba. RaÃces, tronco y hermosa copa. Algunos troncos hasta se veÃan arrastrados. Hacia arriba.
Y no bajaban.
Saru habÃa visto mucho esa noche, pero la situación seguÃa pareciéndole un disparate.
Primero habÃa sido el agua, a lo cual ya se habÃa medio acostumbrado durante su breve enfrentamiento contra Gris. Después habÃan sido las pequeñas masas de piedra rodando cuesta arriba, formadas en su mayorÃa por rocas y musgo. Y tras eso, un anciano muy gritón y malhablado le habÃa tirado a Firans a la cara desde un saliente, o asà la llamó este entre gritos.
La muchacha estaba inconsciente, y el abuelo le habÃa dicho que la sacase de allÃ, y el caballero, sin pestañear, habÃa aceptado.
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Y asà bajaron los dos de las Montañas de Goio, sin mucho más contratiempo que los flujos de agua que sin aviso, emergÃan del suelo y culebreaban hacia algún lugar que quedaba más arriba. Y de la propia tierra, cuando decidÃa sumarse al viaje.
Correr, saltar, agacharse. Frenar.
No recordaba mucho de su descenso, pues la mente de Saru se habÃa volcado únicamente a la necesidad de salir con vida. Los dos lograron salir sin más rasguños que los que quedaron en sus propias almas.
Saru, consciente de que su función de caballero habÃa terminado, dejó a la chica en la primera aldea que encontró. Ãl no sabrÃa cuidarla como hacÃa falta. No se veÃa capaz. Seguro que ellos le darÃan los cuidados que necesitaba. Y se pondrÃa bien. Saru dejó su escudo, roto, junto a la cama sobre la que Firans dormÃa.
Total, ya no le servÃa.
La aldea habÃa sido tan solo rozada por el desastre, con un par de casas destruidas y un gran surco en su lugar, que se internaba más de dos palmos en el suelo.
El pequeño poblado se dedicaba a traer a heridos de zonas afectadas cercanas. Llegaban en grupos, aunque unos cuantos llegaron solos, sin más que la ropa y llenos de barro.
La mujer que aceptó hacerse cargo de Firans, tras discutirse con otras tres que portaban agua en grandes jofainas para llevársela a los heridos, y que, de no ser asÃ, habÃan tenido pinta de llegar a las manos, lo habÃa hecho únicamente con la condición de que Saru les ayudase en lo posible para volver a la normalidad.
Y asà lo hizo.
Bajo el agua que flotaba en el cielo, bajo la corona que rodeaba las Montañas de Goio.
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