CapÃtulo
terminar, agarró la muñeca de Irene . Esta sintió un dolor punzante se por todo su cuerpo. Buscando soltarse dijo amenazando: âAinhoa, mi mano aún está curada, si te atreves a tocarme, ite aseguro que lo lamentarás!â
Ainhoa soltó una risa frÃa desde su garganta respondiendo: âIrene, ¿acaso sabes quien no tiene nada que perder no teme a quien sà lo tiene? Me has tendido trampas una y otra vez, ¿cómo podrÃa dejarte sin pagar por ello? ¿No me acusaste de haber herido tu mano y de que por eso no pudiste participar en el concurso de piano? Bueno, pues voy a cumplir tu deseo y te enseñaré lo que es una verdadera lesión.â
Dicho eso, apretó con fuerza y se oyó un sonido crujiente. Inmediatamente después, el grito agudo de Irene se escuchó:
â¡Ay, Ainhoa, mi mano! ¡Has roto mi mano! ¿Tienes idea de cuánto valen estas manos ¡Ni vendiendo todo lo que tienes podrÃas pagarlo!â
âPerfecto, porque nunca tuve la intención de hacerlo.â Respondió Ainhoa.
Después de decir eso, apretó de nuevo y se escuchó otro claro sonido de un dedo rompiéndose.
Irene nunca habÃa sufrido tal tortura; el dolor la hizo sudar frÃo y las lágrimas comenzaron
a correr por su rostro.
Irene solo amenazaba: âAinhoa, jespera y verás, no te dejaré en paz!â
Ainhoa la soltó lentamente, con una siniestra sonrisa en sus ojos diciéndole: âTe advierto, no me provoques más, o no sé qué podrÃa hacerte la próxima vez.â
Luego, empujó a Irene, diciendo con frialdad: â¡Lárgate!â
Irene, casi sin poder hablar del dolor, miró ferozmente a Ainhoa por unos segundos y luego se dio la vuelta para irse. Al ver la figura avergonzada de Irene alejándose, Ainhoa sintió cómo la opresión en su pecho se aliviaba un poco. ¡Al diablo con Enzo! ¡Al diablo con Irene! Si la empujaban al lÃmite, no le importarÃa nada ni nadie. Ainhoa sabÃa que la cámara de seguridad del baño estaba rota, asà que aunque Irene quisiera denunciarla, no tendrÃa pruebas. Iba a hacer que Irene sintiera lo amargo que era sufrir en silencio. Justo cuando estaba a punto de irse, de repente sintió un mareo, las luces danzaban ante sus ojos. No fue hasta ese momento cuando recordó que, con todo lo que habÃa pasado ese dÃa, no habÃa comido nada; seguramente era su hipoglucemia actuando de nuevo. Ainhoa se apoyó en el lavabo e intentó alcanzar su bolso con la mano. Solo necesitaba sacar un caramelo para que los sÃntomas disminuyeran. Pero sobreestimó su capacidad. Tan pronto como tocó el bolso su cuerpo se desplomó hacia atrás fuera de control. Justo cuando pensó que iba a caer de bruces, fue atrapada por un pecho amplio y sólido. Una voz familiar llegó a sus oÃdos: âAinhoa, ¿qué te pasa?â
19:58
Los Ainhoa se el apuesto de Enzo. Las palabras él habÃa dicho aparecieron de repente en su . QuerÃa liberarse su abrazo, pero cuerpo tenÃa fuerza . Enzo la levantó y la sentó en el lavabo contenÃa un tono de reproche cuando le dijo: â¿Quién te ha dejado beber tanto Acaso ya no te importa tu vida
Mientras hablaba, sus dedos acariciaban suavemente la esquina de los ojos de Ainhoa que estaban ligeramente enrojecidos, y su voz se volvÃa más grave mientras le decÃa: âVen conmigo, todo volverá a ser como antes, no tendrás que pasar por todo esto.â Acababa de estar bebiendo con Pol y otros, y le habÃan advertido que tal vez habÃa más en la historia de Ainhoa con el bebé de lo que parecÃa. Quizás habÃa entendido mal a Ainhoa.
Ella desvió la mirada, con una sensación amarga en su corazón. Empujó a Enzo, diciendo con una respiración débil: âNo necesito que te preocupes por mi, déjame en paz.â
Pero no tenÃa ninguna fuerza, y su movimiento fue débil, como el de un gato mimado y malhumorado. Enzo presionó suavemente sus labios con la punta de sus dedos, y sus ojos profundos se oscurecieron.
âHe consentido tus caprichos durante tres años, no fue para que terminaras bebiendo con cualquiera, Ainhoa, pide perdón y puedo olvidar el pasado.â Dijo Enzo.
Los ojos de Ainhoa se humedecieron y con firmeza le dijo: âEnzo, no voy a volver, olvidate de eso.â
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